Cinco semanas en globo

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No obtuvo respuesta. El doctor estaba ocupado observando las variaciones barométricas y tomando nota de los pormenores de su ascensión.

Kennedy miraba y no tenía ojos para verlo todo.

Los rayos del sol, uniendo su calor al del soplete, aumentaron la presión del gas. El Victoria subió a una altura de dos mil quinientos pies.

El Resolute presentaba el aspecto de un barquichuelo, y la costa africana aparecía al oeste como una inmensa orla de espuma.

-¿No dicen nada? -preguntó Joe.

-Miramos -respondió el doctor, dirigiendo su anteojo hacia el continente.

-Lo que es yo, si no hablo, reviento.

-Habla cuanto quieras, Joe; nadie te lo impide.

Y Joe hizo él solo un espantoso consumo de onomatopeyas. Los " ¡oh! ", los "¡ah! " y los " ¡eh! " brotaban de sus labios a borbotones.

Durante la travesía del mar, el doctor creyó conveniente mantenerse a aquella altura que le permitía observar la costa más extensamente. El termómetro y el barómetro, colgados dentro de la tienda entreabierta, se hallaban constantemente al alcance de su vista, y otro barómetro, colocado exteriormente, serviría durante la guardia de noche.


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