Cinco semanas en globo

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Al cabo de dos horas, el Victoria, a una velocidad de poco más de ocho millas, se aproximó sensiblemente a la costa. El doctor resolvió acercarse a tierra; moderó la llama del soplete, y muy pronto el globo bajó a trescientos pies del suelo.

Se hallaba sobre el Mrima, nombre que lleva aquella porción de la costa oriental de África. Protegían sus orillas espesos manglares, y la marea baja permitía distinguir sus gruesas raíces roídas por los dientes del océano índico. Los dunas que formaban en otro tiempo la línea costera ondulaban en el horizonte, y el monte Nguru alzaba su pico al noroeste.

El Victoria pasó cerca de una aldea que el doctor reconoció en el mapa como Kaole. Toda la población reunida lanzaba aullidos de cólera y de miedo; dirigieron en vano algunas flechas a ese monstruo de los aires que se balanceaba majestuosamente sobre aquellos impotentes furores.

El viento conducía hacia el sur, lo que, lejos de inquietar al doctor, le complació, porque le permitía seguir el derrotero trazado por los capitanes Burton y Speke.

Kennedy se había vuelto tan hablador como Joe, y los dos se dirigían mutuamente frases admirativas.

-¡Se acabaron las diligencias! -decía el uno.

-¡Y los buques de vapor! -decía el otro.


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