Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -¡Y los ferrocarriles -respondÃa Kennedy-, con los que se atraviesan los paÃses sin verlos!
-¡No hay como un globo! -exclamaba Joe-. Se anda sin sentir, y la naturaleza se toma la molestia de pasar ante tus ojos.
-¡Qué espectáculo! ¡Qué asombro! ¡Qué éxtasis! ¡Un sueño en una hamaca!
-¿Y si almorzásemos? -preguntó Joe, a quien el aire libre abrÃa el apetito.
-Buena idea, muchacho.
-¡Oh! ¡Los preparativos no serán largos! Galletas y carne en conserva.
-Y café a discreción -añadió el doctor-. Te permito tomar prestado un poco de calor de mi soplete, que tiene de sobra. Asà no tendremos que temer un incendio.
-SerÃa terrible -repuso Kennedy-. Parece que llevemos encima un polvorÃn.
-No tanto -respondió Fergusson-. Si el gas se inflamase, se consumirÃa poco a poco y bajarÃamos a tierra, lo que sin duda serÃa un contratiempo; pero, no temáis, nuestro aeróstato está herméticamente cerrado.
-Comamos, pues -dijo Kennedy.
-Coman, señores —dijo Joe-, y yo, al mismo tiempo que les imito, prepararé un café del que me hablarán después de haberlo tomado.