Cinco semanas en globo

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-¡Y tan de veras! Se dijo también que estos indígenas estaban provistos de rabo, como la mayor parte de los cuadrúpedos; pero luego se reconoció que tal apéndice pertenecía a la piel de animal con que se vestían.

-¡Lástima! Un buen rabo va muy bien para espantar a los mosquitos.

-Es posible, Joe; pero debemos relegar eso del rabo a la categoría de las fábulas, como las cabezas de perro que el viajero Brun-Rollet atribuía a ciertos pueblos.

-¿Cabezas de perro? Para aullar y hasta para ser antropófago no me parece del todo mal.

-Lo que desgraciadamente no admite duda es la ferocidad de estos pueblos, muy ávidos de carne humana.

-Sentiría que probaran la mía -dijo Joe.

-¿De veras? -dijo el cazador.

-Como lo oye, señor Dick. Si estoy predestinado a ser comido en un momento de hambre, que sea en su provecho y en el de mi señor. Pero ¡servir de pasto a esos salvajes! ¡Me moriría de vergüenza!

-De acuerdo, Joe -dijo Kennedy-, contamos contigo si se da el caso.

-A su disposición, señores.

-Adivino la treta -replicó el doctor-; lo que Joe quiere es que le tratemos a cuerpo de rey y lo engordemos


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