Cinco semanas en globo

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-¡Tal vez! -respondió Joe-. ¡Los hombres somos tan egoístas!

Por la tarde, una niebla caliente que rezumaba del sol cubrió el cielo; apenas permitía distinguir los objetos, por lo que, temiendo chocar contra algún pico imprevisto, el doctor, a eso de las cinco, dispuso que se echase el ancla. No sobrevino ningún accidente durante la noche, pero la profunda oscuridad reclamó una vigilancia extrema.

Al amanecer del día siguiente el monzón sopló con gran violencia; el viento penetraba con ímpetu en las cavidades del globo y agitaba violentamente el apéndice por el que entraban los tubos de dilatación. Fue necesario sujetar los tubos con cuerdas, operación que Joe practicó muy hábilmente.

Al mismo tiempo, se aseguró de que el orificio del globo permanecía herméticamente cerrado.

-La importancia que eso tiene para nosotros -dijo el doctor Fergusson- es doble. En primer lugar, evitamos la pérdida de un gas precioso y, en segundo lugar, no dejamos a nuestro alrededor un reguero inflamable, al cual tarde o temprano prenderíamos fuego.

-Lo cual sería un incidente fastidioso -dijo Joe.

-Si tal sucediese, ¿caeríamos despeñados? -preguntó Dick.


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