Cinco semanas en globo

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Y, con gran suavidad, tendieron sobre las mantas aquel pobre cuerpo demacrado, cubierto de cicatrices y heridas de las que aún brotaba sangre, aquel cuerpo en que el hierro y el fuego habían dejado muchas y muy dolorosas huellas. El doctor convirtió un pañuelo en hilas, que aplicó sobre las llagas después de haberlas lavado con la delicadeza de un diestro médico; luego tomó de su botiquín un estimulante y vertió algunas gotas en los labios del sacerdote.

Éste abrió con dificultad la boca y apenas tuvo fuerzas para decir:

-¡Gracias! ¡Gracias!

El doctor comprendió que el enfermo necesitaba descansar, por lo que corrió las cortinas de la tienda y volvió a tomar la dirección del globo.

Teniendo en cuenta el peso del nuevo huésped, el globo había sido liberado de casi ciento ochenta libras de lastre, y por consiguiente, se mantenía sin ayuda del soplete. Al rayar el día, una corriente lo impelió con suavidad hacia el oeste-noroeste. Fergusson fue a examinar al sacerdote aletargado.

-¡Ojalá podamos conservar la vida de este compañero que el Cielo nos ha enviado! -exclamó el cazador-. ¿Tienes alguna esperanza?

-Sí, Dick. A base de cuidados y con este aire tan puro…


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