Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -¡Cuánto ha sufrido el infeliz! -dijo Joe, muy conmovido-. ¿Saben que ha acometido empresas más atrevidas que las nuestras, viniendo solo a visitar estos pueblos?
-¿Quién lo duda? -repuso el cazador.
Durante todo el dÃa, no quiso el doctor que se interrumpiese el sueño del enfermo, a pesar de que aquel sueño era un largo sopor, entrecortado por quejidos que no dejaban de inspirar a Fergusson serias inquietudes.
Al llegar la noche, el Victoria permanecÃa estacionario en medio de la oscuridad, y en tanto que Joe y Kennedy se relevaban junto al enfermo, Fergusson velaba por la seguridad de todos.
Al dÃa siguiente por la mañana, el Victoria habÃa derivado algo hacia el oeste. El dÃa se anunciaba puro y magnÃfico. El enfermo pudo llamar a sus nuevos amigos con una voz más clara. Éstos levantaron las cortinas de la tienda, y el sacerdote aspiró con placer el aire fresco de la mañana.
-¿Cómo se encuentra? -le preguntó Fergusson.
-Mejor, creo -respondió él-. ¡Pero, mis buenos amigos, no les he visto más que como las imágenes que aparecen en un sueño! ¡Apenas soy consciente de lo que ha pasado! DÃganme sus nombres para que no los olvide en mis últimas oraciones.