Cinco semanas en globo

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Tres horas después, el Victoria se hallaba rodeado de montañas. Su posición exacta era 250 15’ de longitud y 40 42’ de latitud. Tenía delante un cráter que vomitaba torrentes de lava derretida y arrojaba a gran altura enormes peñascos. Había arroyos de fuego líquido que se despeñaban formando cascadas deslumbradoras. El espectáculo era magnífico, pero peligroso, porque el viento, con una fijeza constante, impelía el globo hacia aquella atmósfera incendiada.

Preciso era salvar aquel obstáculo, ante la imposibilidad de dejarlo a un lado. La espita del soplete fue abierta por completo, y el Victoria subió a una altura de seis mil pies, dejando entre el volcán y él un espacio de más de trescientas toesas.

Desde su lecho de dolor, el sacerdote moribundo pudo contemplar aquel cráter del que se escapaban con estrépito mil haces resplandecientes.

-¡Qué hermoso espectáculo! -dijo-. ¡Cuán infinito es el poder de Dios hasta en sus más terribles manifestaciones!

Aquella inmensa explosión de lava en ignición cubría las laderas de la montaña con un verdadero tapiz de llamas. El hemisferio inferior del globo resplandecía en la noche, y un calor tórrido subía hasta la barquilla. El doctor Fergusson decidió que era preciso huir pronto de aquella atmósfera peligrosa.


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