Cinco semanas en globo

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-Dios la reconocerá -dijo.

Una preocupación bastante seria ocupaba también la mente de Fergusson. El doctor habría dado todo aquel oro por hallar un poco de agua con que reemplazar la que había echado con la caja cuando el negro se colgó de la barquilla. Pero eso era imposible en aquellos terrenos áridos, lo que le tenía muy inquieto. Obligado a alimentar incesantemente el soplete, empezaba a escasear la destinada a beber, y se propuso no desperdiciar ninguna ocasión de renovar su reserva.

Al volver a la barquilla, la encontró casi enteramente ocupada por las piedras del ávido Joe. No dijo, sin embargo, una palabra. Kennedy ocupó también su sitio habitual, y Joe los siguió a ambos, no sin dirigir una mirada codiciosa a los tesoros que quedaban en el barranco.

El doctor encendió el soplete; el serpentín se calentó, la corriente de hidrógeno se estableció a los pocos minutos y el gas se dilató; sin embargo, el globo permaneció inmóvil.

Joe le veía actuar con inquietud y no decía esta boca es mía.

-Joe -dijo el doctor.

Joe no respondió.

-¿Me oyes, Joe?

Joe dio a entender que oía, pero que no quería comprender.


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