Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo Sustituyan todos esos signos de admiración por puñetazos enérgicamente asestados en la cabeza, y se harán una idea del ejercicio al que se entregaba el buen Dick mientras proferÃa semejantes palabras.
Cuando la vieja Elspteh, que era su ama de llaves, insinuó que podÃa tratarse muy bien de una chanza, él respondió:
-¡Una chanza! No, le conozco demasiado, ya sé yo de qué pie cojea. ¡Viajar por el aire! ¡Ahora se le ha ocurrido tener envidia de las águilas! ¡No, no se irá! ¡Yo le ataré corto! ¡Si le dejase, el dÃa menos pensado se nos irÃa a la Luna!
Aquella misma tarde, Kennedy, inquieto y también incomodado, tomó el ferrocarril en General Rallway Station, y al dÃa siguiente llegó a Londres.
Tres cuartos de hora después se apeó de un coche de alquiler junto a la pequeña casa del doctor, en Soho Square, Greek Street, se encaramó por la escalera y llamó a la puerta cinco veces seguidas. Le abrió Fergusson en persona.
-¿Dick- -dijo sin mucho asombro.
-El mismo -respondió Kennedy.
-¡Cómo, mi querido Dick! ¿Tú en Londres durante las cacerÃas de invierno-
-Yo en Londres.
-¿Y qué te trae por aquÃ-