Cinco semanas en globo

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Nada pudo obtener de ellos el doctor, y partió solo en medio de la estrellada transparencia de la noche. Sus primeros pasos fueron penosos: los pasos de un hombre debilitado y que ha perdido la costumbre de andar. Pero pronto se percató de que aquel ejercicio le resultaría beneficioso. Avanzó unas millas hacia el oeste, y su ánimo cobraba algún aliento cuando, de repente, se sintió acometido por una sensación de vértigo; se creyó inclinado sobre un abismo, sintió que se le doblaban las rodillas; aquella inmensa soledad le aterrorizó; él era el punto matemático, el centro de una circunferencia infinita, es decir, ¡nada! El Victoria desaparecía enteramente en la oscuridad. ¡El impasible doctor, el audaz viajero experimentó súbitamente un miedo insuperable! Quiso retroceder, pero fue en vano. Gritó, pero no le contestó ningún eco, y su voz cayó en el espacio como una piedra en un abismo sin fondo. Se tumbó en la arena desfallecido y solo, en medio de los grandes silencios del desierto.

A medianoche volvió en sí entre los brazos de su fiel Joe; éste, inquieto por la prolongada ausencia de su señor, había seguido sus huellas perfectamente impresas en la llanura y lo había encontrado desvanecido.

-¿Qué le ha ocurrido, señor? -preguntó.

-Nada, mi buen Joe; un momento de debilidad, ni más ni menos.


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