Cinco semanas en globo

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Los viajeros habían recorrido en cuatro horas un espacio de doscientas cuarenta millas.

La barquilla quedó al momento equilibrada, y Kennedy, seguido de Joe, saltó a tierra.

-¡Vuestros fusiles! -exclamó el doctor-. ¡Vuestros fusiles, y sed prudentes!

Dick cogió su carabina y Joe una de las escopetas. Avanzaron rápidamente hasta los árboles y penetraron bajo aquella fresca vegetación que les anunciaba manantiales abundantes, sin hacer caso de unas anchas pisadas, de unas huellas recién dejadas en la tierra húmeda.

De repente, a veinte pasos de distancia, sonó un rugido.

-¡El rugido de un león! -dijo Joe.

-¡Mejor! -repitió el cazador, exasperado-. ¡Lucharemos! Uno es fuerte cuando no se trata más que de luchar.

-¡Prudencia, señor Dick, prudencia! De la vida de uno depende la de todos.

Pero Kennedy no le escuchaba. Avanzaba con los ojos en llamas y la carabina amartillada, terrible en su audacia. Debajo de una palmera, un enorme león de negra melena permanecía en actitud de ataque. Apenas distinguió al cazador, dio un salto hacia él; pero no había llegado aún a tierra cuando una bala le atravesó el corazón y cayó muerto.


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