Cinco semanas en globo

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-¡Hurra! ¡Hurra! -exclamó Joe.

Kennedy se precipitó hacia el pozo, se deslizó por los húmedos peldaños y se tumbó boca abajo ante un fresco manantial, donde sumergió los labios ávidamente. Joe le imitó. Sólo se oían esos lametones que dan los animales para beber.

-¡Cuidado, señor Dick! —dijo Joe, respirando-. ¡No abusemos!

Pero Dick, sin responder, seguía bebiendo. Sumergía la cabeza y las manos en aquella agua bienhechora; se embriagaba.

-¿Y el señor Fergusson? -preguntó Joe.

El nombre del doctor hizo volver en sí a Kennedy, el cual llenó una botella que llevaba y se dirigió corriendo hacia la escalera del pozo.

Pero cuál no sería su asombro al encontrarse cerrada por un enorme cuerpo la salida de la gruta. Joe, que lo seguía, tuvo que retroceder con él.

-¡Estamos encerrados!

-¿Quién nos puede haber encerrado? ¡Eso es imposible!

Antes de concluir la frase, un rugido terrible le hizo comprender con qué nuevo enemigo tenía que habérselas

-¡Otro león! -exclamó Joe.


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