Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo Una hora después, el continente se ofrecía a sus ojos con un aspecto aún salvaje, pero menos llano, menos desnudo y con algunos árboles que se perfilaban en el cielo ceniciento.
-¿Nos hallamos, pues, en tierra civilizada? -preguntó el cazador.
-Según lo que entienda por civilizado, señor Dick; de momento no veo habitantes.
-Al paso que llevamos -respondió Fergusson-, no tardaremos en verlos.
-¿Nos encontramos aún en tierra de negros, señor Samuel?
-Sí, Joe, mientras no lleguemos al país de los árabes.
-¿Árabes, señor? ¿Verdaderos árabes con sus camellos?
-No, sin camellos. Los camellos son raros, por no decir desconocidos, en estas comarcas. Para encontrarlos es preciso subir unos grados al norte.
-¡Qué fastidio!
-¿Por qué, Joe?
-Porque, si tuviésemos viento contrario, los camellos podrían sernos útiles.
-¿ Cómo?
-Es una idea que se me ocurre, señor. Podríamos engancharlos a la barquilla y hacer que la remolcaran.