Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -¿Qué le parece?
-No eres el primero, Joe, a quien se le ha ocurrido la idea. Ha sido explotada, aunque es verdad que en una novela, por un autor francés muy ingenioso. Unos viajeros montan en un globo tirado por camellos, a quienes devora un león, el cual se coloca en su puesto y arrastra a su vez, y así sucesivamente. Ya ves que todo eso no es más que pura fantasía y nada tiene en común con nuestro género de locomoción.
Joe, algo humillado al pensar que su idea ya había sido utilizada, estuvo devanándose los sesos para averiguar qué animal pudo devorar al león, y, no encontrándolo, se dedicó a examinar el país.
Bajo su mirada se extendía un lago de mediana extensión, con un anfiteatro de colinas que aún no tenían derecho a llamarse montañas. Allí serpenteaban valles numerosos y fecundos, e intrincadas selvas con gran variedad de árboles. El palmito dominaba aquella masa, con sus hojas de quince pies de longitud y sus tallos erizados de agudas espinas; el bombax transmitía al viento el fino vello de sus semillas; los intensos perfumes del pendano, ese kenda de los árabes, impregnaban el aire hasta la zona que atravesaba el Victoria, el papayo de hojas palmeadas, la esterculiácea que produce la nuez de Sudán, el baobab y los bananos completaban aquella flora lujuriante de las regiones intertropicales.
-El país es soberbio -dijo el doctor.