Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -Ahà hay animales -dijo Joe-. No estarán lejos los hombres.
-¡MagnÃficos elefantes! -exclamó Kennedy-. ¿No habrÃa medio de cazar un poco?
-¿Cómo quieres que nos detengamos, amigo Dick, con una corriente tan violenta? Sufre un poco el suplicio de Tántalo. Ya te desquitarás más adelante.
Motivos habÃa, en efecto, para excitar la imaginación de un cazador, asà es que el corazón de Dick palpitaba con fuerza y sus dedos se crispaban sobre la culata de su Purdey.
La fauna de aquel paÃs estaba a la altura de su flora. El toro salvaje se revolcaba en una hierba espesa bajo la cual desaparecÃa enteramente. Elefantes de la mayor talla, grises, negros o amarillos, pasaban como un tifón tempestuoso por los poblados bosques, rompiendo, golpeando, saqueando, dejando tras de sà una huella de devastación. Por las verdes laderas de las colinas fluÃan cascadas y arroyos, formando espaciosas charcas donde los hipopótamos se bañaban con mucho estrépito, y manatÃes de doce pies de longitud y de cuerpo pisciforme se exhibÃan en las orillas, dirigiendo al cielo sus redondos pechos henchidos de leche.
Era un extraño zoológico en un maravilloso jardÃn botánico, donde innumerables pájaros de mil colores brillaban entre las plantas arborescentes.