Cinco semanas en globo

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Mosfeya había desaparecido del horizonte hacía tiempo. El Mandara desplegaba bajo las miradas de los aeronautas su asombrosa fertilidad, con sus bosques de acacias, sus árboles de rojas flores y las plantas herbáceas de sus campos de algodón y de índigo. El Chari, que desagua en el Chad, ochenta millas más allá, corría impetuosamente.

El doctor mostró a sus compañeros el curso del río en los mapas de Barth.

-Ya veis —dijo- que los trabajos de este sabio son de una precisión suma. Nosotros marchamos en línea recta hacia el distrito de Loggum, tal vez hacia su capital, Kernak, que es donde murió el pobre Toole, joven inglés de veintidós años. Era abanderado en el 80º regimiento y hacía algunas semanas que se había unido al mayor Denham en África, donde no tardó en hallar la muerte. ¡Bien puede llamarse a esta inmensa comarca el cementerio de los europeos!

Algunas canoas de cincuenta pies de longitud descendían el curso del Chari. El Victoria, a mil pies de tierra, llamaba poco la atención de los indígenas; pero el viento, que hasta entonces había soplado con bastante fuerza, tendía a disminuir.

-¿Vamos a sufrir otra nueva calma chicha? -preguntó el doctor.

-¿Qué nos importa, señor? Ahora no hemos de temer ni la falta de agua ni el desierto.


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