Cinco semanas en globo

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Asustados por el estampido, los quebrantahuesos se alejaron momentáneamente, pero volvieron casi enseguida a la carga con furor centuplicado. Kennedy decapitó de un balazo al que tenía más cerca. Joe le rompió un ala a otro.

-Ya no quedan más que once -dijo.

Pero entonces los pájaros adoptaron otra táctica y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se dirigieron al Victoria; Kennedy miró a Fergusson.

Éste, a pesar de su impasibilidad y energía, se puso pálido. Hubo un momento de espantoso silencio. Después se oyó un ruido estridente, como el de un tejido de seda que se rasga, y la barquilla empezó a precipitarse rápidamente.

-¡Estamos perdidos! -gritó Fergusson, fijando la vista en el barómetro, que subía muy deprisa.

-¡Afuera el lastre! -añadió-. ¡Nada de lastre!

Y en pocos segundos desapareció todo el cuarzo.

-¡Seguimos cayendo!… ¡Vaciad las cajas de agua! ¿Me oyes, Joe? ¡Nos precipitamos en el lago!

Joe obedeció. El doctor se inclinó, mirando el lago que parecía subir hacia él como una marea ascendente. El volumen de los objetos aumentaba rápidamente; la barquilla se encontraba a menos de doscientos pies de la superficie del Chad.


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