Cinco semanas en globo

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Pero la partida ofrecía grandes dificultades. El ancla, profundamente hincada, resistía a todos los esfuerzos, y el globo, tirando en sentido inverso, aumentaba su resistencia. Kennedy no logró arrancarla; además, en la posición en que se hallaba su maniobra era muy peligrosa, porque se exponía a que el Victoria ascendiese antes de poder él montar en la barquilla.

No queriendo exponerse a una eventualidad de tanta trascendencia, el doctor hizo regresar a la barquilla al escocés, resignándose a cortar el cable del ancla. El Victoria dio en el aire un salto de trescientos pies y puso directamente rumbo al norte.

Fergusson no podía dejar de someterse a esa tormenta, de manera que se cruzó de brazos absorto en sus tristes reflexiones.

Después de algunos instantes de profundo silencio, se volvió hacia Kennedy, no menos taciturno.

-Tal vez hayamos tentado a Dios -dijo-. ¡No corresponde a los hombres emprender un viaje semejante!

Y se escapó de su pecho un doloroso suspiro.

-Hace apenas unos días -respondió el cazador- nos felicitábamos por haber escapado a tantos peligros. ¡Nos dimos los tres un apretón de manos!


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