Cinco semanas en globo

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El doctor y Kennedy, pálidos, asistían a aquel terrible espectáculo. No podían manejar el globo, que se arremolinaba en medio de corrientes contrarias, y ya no obedecía a las diferentes dilataciones del gas. Envuelto en los torbellinos de la atmósfera, giraba con una rapidez vertiginosa, y la barquilla describía amplias oscilaciones; los instrumentos colgados bajo la tienda chocaban unos con otros hasta hacerse pedazos; los tubos del serpentín se enroscaban amenazando romperse y las cajas de agua se agitaban con estrépito. Los viajeros no podían oírse y se agarraban con crispación a las cuerdas, intentando luchar contra el furor del huracán.

Kennedy, con los cabellos revueltos, miraba sin hablar; pero el doctor había recobrado la audacia en medio del peligro y ninguna de sus violentas emociones se tradujo en su semblante, ni aun cuando, después de un último remolino, el Victoria se halló súbitamente detenido en medio de una calma inesperada. El viento del norte había ganado la partida y lo impelía en sentido inverso por el camino de la mañana, con no menos rapidez.

-¿Adónde vamos? -exclamó Kennedy.

-Dejemos actuar a la Providencia, amigo Dick; he hecho mal en dudar de ella; sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y ahí nos tienes regresando a los lugares que esperábamos no volver a ver.


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