Cinco semanas en globo

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Pero no tuvo un momento de sosiego. El Victoria bajaba sensiblemente, y fue preciso arrojar multitud de objetos más o menos útiles, sobre todo en el momento de salvar el pico o cresta de un cerro. Y así anduvieron por espacio de más de ciento veinte millas, sin parar de subir y bajar; el globo, nuevo peñasco de Sísifo, descendía incesantemente; las formas del aeróstato, poco hinchado, se alargaban, y el viento formaba bolsas en sus paredes.

Kennedy no pudo evitar comentario.

-¿Tiene el globo alguna fisura? -preguntó.

-No -respondió el doctor-; pero sin duda, con el calor, la gutapercha se ha reblandecido o derretido, y el hidrógeno se escapa por el tejido del tafetán.

-¿Y cómo impedir que se escape?

-De ninguna manera. No podemos hacer más que aligerar peso; arrojemos fuera de la barquilla cuanto podamos arrojar.

-Pero ¿qué hemos de arrojar? -preguntó el cazador, recorriendo con su mirada la barquilla, ya muy desprovista.

-Desprendámonos de la tienda que pesa bastante.

Joe, que era a quien incumbía esta orden, subió encima del círculo que reunía las cuerdas de la red y desde allí pudo fácilmente desatar las gruesas cortinas de las tiendas y echarlas abajo.


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