Cinco semanas en globo

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Entretanto, su amigo el cazador no le dejaba ni a sol ni a sombra, pues sin duda temía que el doctor tomase el portante sin decirle una palabra; seguía dirigiéndole acerca del particular las arengas más persuasivas, sin persuadir con ellas a Samuel Fergusson, y se deshacía en súplicas patéticas que no conmovían lo más mínimo a éste. Dick notaba que su amigo se le escapaba de las manos. El pobre escocés era, en realidad, digno de lástima. No podía mirar sin terror la azulada bóveda del cielo, al dormirse experimentaba balanceos vertiginosos y todas las noches soñaba que se despeñaba desde inconmensurables alturas.

Debemos añadir que, durante tan terribles pesadillas, se cayó dos o tres veces de la cama. Su primer impulso fue mostrar a Fergusson la señal de un fuerte golpe que había recibido en la cabeza.

-¡Y no llega ni a un metro de altura! -exclamó con candor seráfico-. ¡Ni a un metro! ¡Y el chichón es como un huevo! ¡Juzga tú mismo!

Aquella insinuación melancólica no conmovió al doctor.

-Nosotros no caeremos -dijo.

-¿Y si caemos?

-No caeremos.

La convicción del doctor dejó a Kennedy sin respuesta.


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