Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo - ¡Yo le acompañaré a donde él quiera! - replicó Joe con convicción. ¡Faltaría más! ¡Dejarle ir solo, cuando juntos hemos recorrido el mundo! ¿Quién le sostendría cuando estuviese fatigado? ¿Quién le tendería una mano vigorosa para saltar un precipicio? ¿Quién le cuidaría si cayese enfermo? No, señor Dick, Joe permanecerá siempre en su puesto junto al doctor, o, por mejor decir, alrededor del doctor Fergusson.
- ¡Buen muchacho!
- Además, usted vendrá con nosotros - repuso Joe.
- ¡Sin duda! - dijo Kennedy-. Os acompañaré para impedir hasta el último momento que Samuel cometa una locura semejante. Le seguiré, si es preciso, hasta Zanzíbar, a fin de que la mano de un amigo le detenga en su proyecto insensato.
- Usted no detendrá nada, señor Kennedy, salvo su respeto. Mi señor no es un cabeza loca; siempre medita mucho lo que va a emprender y, cuando ha tomado una resolución, no hay quien le apee de ella.
- Eso lo veremos.
- No alimente semejante esperanza. En fin, lo importante es que venga. Para un cazador como usted, África es un país maravilloso y, por consiguiente, no se arrepentirá del viaje.
- Dices bien, no me arrepentiré; sobre todo si ese terco se rinde al fin a la evidencia.