Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo El equipaje de los tres viajeros fue trasladado a la casa del cónsul. Se disponían a desembarcar el globo en la playa de Zanzíbar, pues cerca del asta de las banderas de señalización había un sitio favorable, junto a una enorme construcción que lo hubiera puesto a cubierto de los vientos del este. Aquella gran torre, semejante a un tonel inmenso junto al cual la cuba de Heidelberg habría parecido un insignificante barril, servía de fuerte, y en su plataforma vigilaban unos beluchíes, armados con lanzas, especie de soldados haraganes y vocingleros.
Sin embargo, durante el desembarco del aeróstato, el cónsul recibió aviso de que la población de la isla se opondría a ello por la fuerza. No hay nada tan ciego como el apasionamiento fanático. La noticia de la llegada de un cristiano que iba a elevarse por los aires fue recibida con indignación, y los negros, más conmocionados que los árabes, vieron en este proyecto intenciones hostiles a su religión, figurándose que se dirigía contra el Sol y la Luna, que son objeto de veneración para las tribus africanas. Así pues, resolvieron oponerse a expedición tan sacrílega.
El cónsul conferenció acerca del particular con el doctor Fergusson y el comandante Pennet. Éste no quería retroceder ante las amenazas; pero su amigo le hizo entrar en razón.