De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -Aquellos tiempos pasaron para no volver -respondió Bilsby, procurando estirar los brazos que le faltaban-. ¡Entonces daba gusto! Se inventaba un obús, y, apenas estaba fundido, iba el mismo inventor a ensayarlo delante del enemigo, y se obtenÃa en el campamento un aplauso de Sherman o un apretón de manos de MacClellan. Pero actualmente los generales han vuelto a su escritorio, y en lugar de mortÃferas balas de hierro despachan inofensivas balas de algodón. ¡Santa Bárbara bendita! ¡El porvenir de la artillerÃa se ha perdido en América!
-SÃ, Bilsby -exclamó el coronel Blomsberry-, hemos sufrido crueles decepciones. Un dÃa abandonamos nuestros hábitos tranquilos, nos ejercitamos en el manejo de las armas, nos trasladamos de Baltimore a los campos de batalla, nos portamos como héroes, y dos o tres años después perdemos el fruto de tantas fatigas para condenarnos a una deplorable inercia con las manos metidas en los bolsillos.
Trabajo le hubiera costado al valiente coronel dar una prueba semejante de su ociosidad, y no por falta de bolsillos.