De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna El festÃn fue muy animado y también muy bullicioso. Se entrecruzaron numerosos brindis: se brindó por el globo terrestre; se brindó por su satélite; se brindó por el Gun-Club; se brindó por la Unión, por la Luna, por Febe, por Diana, por Selene, por el astro de la noche, por la pacÃfica mensajera del firmamento. Los hurras, llevados por las ondas sonoras del inmenso tubo acústico, llegaban a su extremo como un trueno, y la multitud, colocada alrededor de Stone's Hill, se unÃa con el corazón y con los gritos a los diez convidados hundidos en el fondo del gigantesco columbiad. J. T. Maston no era ya dueño de sà mismo. DifÃcil serÃa determinar si gritaba más que gesticulaba, y si bebÃa más que comÃa. Lo cierto es que no cabÃa de gozo en su pellejo, que no hubiera dado su lugar por el imperio del mundo, aun cuando el cañón cargado, cebado y haciendo fuego en aquel instante, hubiera debido enviarle hecho pedazos a los espacios planetarios.
XVII