De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Y salió del camarote para participar a la multitud la proposición de Michel Ardan. Sus palabras fueron acogidas con palabras y gritos de alegrÃa, porque la proposición allanaba todas las dificultades. Al dÃa siguiente, todos podrÃan contemplar a su gusto al héroe europeo. Sin embargo, algunos de los más obstinados espectadores no quisieron dejar la cubierta del Atlanta, y pasaron la noche a bordo. J. T. Maston, entre otros, habÃa clavado su mano postiza en un ángulo de la toldilla, y se hubiera necesitado un cabestrante para arrancarlo de su sitio.
-¡Es un héroe! ¡Un héroe! -exclamaba en todos los tonos-. ¡Y comparados con él, con ese europeo, nosotros no somos más que unos muñecos!
En cuanto al presidente, después de suplicar a los espectadores que se retiraran, entró en el camarote del pasajero y no se separó de él hasta que la campana del vapor señaló la hora del relevo de la guardia de medianoche. Pero entonces los dos rivales en popularidad se apretaron muy amistosamente la mano, y ya Michel Ardan tuteaba al presidente Barbicane.
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