De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -¡Muy bien dicho! ¡Bravo! ¡Hurra! -exclamó unánimemente la asamblea, electrizada por el gesto y el acento del orador y por el atrevimiento de sus concepciones.
-¡No! -exclamó J. T. Maston, con más energÃa que los otros-. ¡La distancia no existe! ¡La distancia no existe!
Y arrastrado por la violencia de sus movimientos y por el empuje de su cuerpo, que casi no pudo dominar, estuvo en un tris de caer al suelo desde el estrado. Pero consiguió restablecer su equilibrio, y evitó una caÃda, que le hubiera brutalmente probado que la distancia no es una palabra vacÃa de sentido. Luego, el entusiasta orador prosiguió: