De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -Tenéis razón, caballero -respondió Michel-. La discusión se ha extraviado. Volvamos a la Luna.
-Caballero -repuso el desconocido-, estáis empeñado en que se halla habitado nuestro satélite. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que éstos viven sin respirar, porque, por vuestro interés os lo digo, no hay en la superficie de la Luna la menor molécula de aire. Al oír esta afirmación, levantó Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con aquel hombre se iba a empeñar una lucha sobre lo más capital de la cuestión.
-¿Conque no hay aire en la Luna? ¿Y quién lo dice? -preguntó, mirándolo fijamente.
-Los sabios.
-¿De veras?
-De veras.
-Caballero -replicó Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimación a los sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdén profundo.
-¿Conocéis a alguno que pertenezca a esta última categoría?
-Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemáticamente el pájaro no puede volar, y otro cuyas teorías demuestran que el pez no está organizado para vivir en el agua.
-No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podría citar en apoyo de mi proposición no serían rehusados por vos, caballero.