De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -Entonces pondrÃais en grave apuro a un pobre ignorante como yo, que, por otra parte, no desea más que instruirse.
-¿Por qué, pues, os ocupáis de cuestiones cientÃficas si no las habéis estudiado? -preguntó el desconocido bastante brutalmente.
-¿Por qué? -respondió Ardan-. Por la misma razón que es siempre intrépido el que no sospecha el peligro. Yo no sé nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que forma mi fuerza.
-Vuestra debilidad va hasta la locura -exclamó el desconocido, con un tono bastante agrio.
-¡Tanto mejor -respondió el francés-, si mi locura me lleva a la Luna!
Barbicane y sus colegas devoraban con la mirada a aquel intruso que acababa tan audazmente de colocarse como un obstáculo delante de la empresa. Nadie lo conocÃa, y el presidente, que no las tenÃa todas consigo respecto a las consecuencias de una discusión tan francamente empleada, miraba con cierto recelo a su nuevo amigo. La asamblea estaba atenta y algo inquieta, porque aquella polémica daba por resultado llamar la atención sobre los peligros o imposibilidades de la expedición.