De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Nada más terrible que esos duelos propios de los americanos, durante los cuales los dos adversarios se buscan por entre la maleza y los matorrales, se acechan desde un escondrijo cualquiera y se disparan las armas en medio de lo más enmarañado de las selvas, como bestias feroces. ¡Cuánto, entonces, deben de envidiar los combatientes las maravillosas cualidades de los indios de las praderas; su perspicacia, su astucia, su conocimiento de los rastros, su olfato para percibir al enemigo! Un error, una vacilación, un mal paso, pueden acarrear la muerte. En estos momentos, los yanquis se hacen con frecuencia acompañar de sus perros, y, cazando y siendo cazados a un mismo tiempo, se persiguen a menudo durante horas y horas.
-¡Qué diablos de gente sois! -exclamó Michel Ardan, cuando su compañero le explicó con mucho realismo todos los pormenores.
-Somos como somos -respondió modestamente J. T. Maston-; pero démonos prisa. Él y Michel Ardan tuvieron que correr mucho para atravesar la llanura humedecida por el rocÃo, pasar arrozales y torrentes, y atajar por el camino más corto, y aun asà no pudieron llegar al bosque de Skernaw antes de las cinco y media. HacÃa media hora que Barbicane debÃa de encontrarse en el teatro de la lucha.
Allà estaba un viejo leñador haciendo pedazos algunos árboles caÃdos. Maston corrió hacia él gritando: