De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -¡SÃ! ¡SÃ! Ahora se vuelve -respondió Maston.
-¿Y quién es...?
-El capitán Nicholl.
-¡Nicholl! -respondió Michel Ardan, sintiendo oprimÃrsele el corazón.
-¡Nicholl, desarmado! ¿Conque nada tiene ya que temer de su adversario?
-Vamos hacia él -dijo Michel Ardan-y sabremos a qué atenernos. Pero él y su compañero no habÃan dado aún cincuenta pasos, cuando se detuvieron para examinar más atentamente al capitán. ¡Se habÃan figurado encontrar un hombre sediento de sangre y entregado enteramente a su venganza! A1 verle, quedaron atónitos.
Entre los tulÃperos gigantescos habÃa tendida una red de malla estrecha, en cuyo centro, un pajarillo, con las alas enredadas, forcejeaba lanzando lastimosos quejidos. El cazador que habÃa armado aquella inextricable artimaña, no era humano: era una araña venenosa, indÃgena del paÃs, del tamaño de un huevo de paloma y provista de enormes patas. El repugnante animal, en el momento de precipitarse contra su presa, se vio a su vez amenazado de un enemigo temible, y retrocedió para buscar asilo en las altas ramas de tulÃpero.