De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna No obtuvo respuesta. Entonces se precipitó hacia su amigo; pero en el momento de irle a coger del brazo, se contuvo, lanzando un grito de sorpresa.
Barbicane, con el lápiz en la mano, trazaba fórmulas y figuras geométricas en un libro de memorias, teniendo echado en el suelo, de cualquier modo, su rifle desmontado.
Absorto en su ocupación, sin pensar en su desafÃo ni en su venganza, el sabio nada habÃa visto ni oÃdo. Pero cuando Michel Ardan le dio la mano, se levantó y le miró con asombro.
-¡Cómo! -exclamó-. ¡Tú aquÃ! ¡Ya apareció aquello,amigo mÃo! ¡Ya apareció aquello!
-¿Qué?
-¡Mi medio!
-¿Qué medio?
-¡El de anular el efecto de la repercusión al arrancar el proyectil!
-¿De veras? -dijo Michel, mirando al capitán con el rabillo del ojo.
-¡SÃ, con agua! ¡Con agua común, que amortiguará...! ¡Ah, Maston! -exclamó Barbicane-. ¡Vos también!
-El mismo -respondió Michel Ardan-. Y permÃtame presentarle al mismo tiempo al digno capitán Nicholl.