De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Veinticuatro si te empeñas, querido capitán —dijo Ardán—; veinticuatro minutos, durante los cuales se podrÃa profundizar...
—Miguel —replicó Barbicane—, durante la travesÃa que hemos de hacer tendremos tiempo de sobra para profundizar las cuestiones más arduas. Ahora ocupémonos en lo relativo a nuestra partida.
—¿No estamos ya listos?
—Sin duda; pero hay que tomar todavÃa algunas precauciones, a fin de atenuar en lo posible el efecto del primer choque.
—¿No tenemos esos almohadones de agua dispuestos entre las paredes móviles y cuya elasticidad nos protegerá lo bastantes?
—AsÃ, lo espero, Miguel —respondió Barbicane—; pero no estoy del todo, seguro.
—¡Ah, farsante! —exclamó Miguel Ardán—. Aguardar el momento en que estamos encerrados para hacer esta lastimosa confesión. Yo quiero marcharme.
—¿Y cómo? —preguntó Barbicane.
En efecto —dijo Miguel Ardán—, es difÃcil. Estamos en el tren y el silbato del conductor va a sonar —antes de veinticuatro minutos.