De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Pero sus compañeros no le escuchaban, y tomaban sus últimas disposiciones con admirable sangre fría. Parecían dos viajeros metódicos, que se encuentran en un coche ordinario y procuran acomodarse lo mejor posible. No se comprende, en efecto, de qué materia están hechos esos corazones americanos, que no dan una pulsación más de lo corriente ante un peligro espantoso.
Dentro del proyectil se habían instalado tres camas blandas y sólidamente aseguradas, como todo lo que iba allí. Nicholl y Barbicane se colocaron en el centro del disco que formaba el piso móvil; en ellas debían acostarse los viajeros pocos momentos antes de partir. . Entretanto, Ardán, que no podía estarse quieto, daba vueltas a su estrecha prisión, como una fiera enjaulada, hablando con sus amigos o con los perros, Diana y Satélite, a los cuales, como se ve, había dado nombres significativos y en armonía con la expedición de que formaban parte.