De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¡Hola Diana! ¡Hola, Satélite! Vamos a ver si enseñáis a los perros selenitas los buenos modales de los perros terrestres! Esto hará honor a la raza canina. ¡Por Dios! Si alguna vez volvemos a la Tierra quiero traer un tipo cruzado de moon-dogs y estoy seguro de que causará sensación.
—Si es que hay perros en la Luna —dijo Barbicane.
—Los hay, sin duda —aseguró Miguel Ardán—, como hay caballos, vacas, asnos y gallinas. Apuesto a que encontramos gallinas.
—Cien dólares a que no las encontramos —dijo Nicholl.
—Apostados, capitán —respondió Ardán, apretando las manos de Nicholl—. Y, a propósito, tú has perdido ya tres apuestas con nuestro presidente; ya que se han reunido los fondos necesarios para la empresa que se ha hecho bien la fundición y, en fin, que el columbia ha sido cargado sin accidente; total, seis mil dólares.
—Sà —respondió Nicholl—; las diez y treinta y siete minutos y seis segundos.
—Corriente, capitán; pues antes de un cuarto de hora tendrás que dar nueve mil dólares más al presidente, cuatro más porque el columbia no reventará, y cinco mil porque el proyectil se elevará a más de seis millas.