De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Tengo el dinero —respondió Nicholl, golpeándose con la mano el bolsillo de su levita—, y no deseo sino pagar.
—Vamos, Nicholl, ya veo que eres un hombre ordenado, cosa que yo nunca he podido ser. Pero en resumidas cuentas, me permitirás decirte que has hecho una serie de apuestas poco ventajosas para ti.
—¿Y por qué? —preguntó Nicholl.
—Porque si ganas la primera es señal de que habrá reventado el columbia y con él la bala y Barbicane no estará en condición de pagarte.
—Mi apuesta se halla depositada en el Banco de Baltimore —respondió simplemente Barbicane—; y a falta de Nicholl serán sus herederos los que la perciban.
—¡Ah, hombres prácticos! —exclamó Miguel Ardán; ¡espÃritus positivos! Os admiro, aunque no os comprenda.
—¡Las diez y cuarenta y dos! —exclamó Nicholl.
—¡Sólo faltan cinco minutos! —respondió Barbicane.