De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Pero si no se puede suponer —replicó el práctico Barbicane—, a no ser faltándole la fuerza impulsiva, y entonces su velocidad habrÃa disminuido poco a poco, y no de repente.
—Supongamos que hubiera tropezado con algún cuerpo en el espacio.
—¿Con cuál?
—Con el enorme bólido que hemos encontrado, por ejemplo.
—En ese caso —dijo Nicholl— el proyectil se hubiera hecho mil pedazos y nosotros con él.
—Algo más que eso —añadió Barbicane—: nos hubiéramos abrasado vivos.
—¡Abrasado! —exclamó Miguel—. ¡Por Dios! Casi siento que no haya ocurrido el caso, para verlo.
—Ya lo hubieras visto —respondió Barbicane—. Hoy se sabe que el calor no es más que una modificación del movimiento. Cuando se calienta agua, es decir, cuando se le añade calor, se da movimiento a una molécula.
—¡Hombre! —exclamó Miguel—. ¡Curiosa teorÃa!