De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¡Ah! —exclamĂł Miguel—. ¡Cuántos centenares de libros se podrĂan escribir con todo lo que no se sabe!
—Hablando de otra cosa, ¿qué hora es?
—Las tres —respondió Nicholl.
—¡Qué de prisa pasa el tiempo en las conversaciones de sabios como nosotros! — exclamó Miguel Ardán— ¡Qué instruido me voy volviendo! Poco a poco me convierto en un pozo de ciencia.
Y mientras asĂ hablaba se encaramĂł hasta la bĂłveda del proyectil “para observar mejor la Luna”, segĂşn decĂa. Entretanto, sus compañeros examinaban el espacio por el cristal inferior, sin
advertir nada digno de notarse. Cuando Miguel bajó de sus alturas se acercó a la lumbrera lateral y, dé repente, profirió una exclamación de sorpresa.
—¿Qué pasa? —preguntó Barbicane.