De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Ya estaba tranquilo Barbicane, si no por el éxito del viaje, a lo menos por la fuerza impulsiva del proyectil. Su velocidad virtual le arrastraba más allá de la línea neutral; por consiguiente, ni volvía a la Tierra, ni se quedaba inmóvil en el punto de atracción. Una sola hipótesis faltaba realizar: la llegada del proyectil a su blanco, bajo la acción de la atracción lunar. En realidad era una caída de 8,296 leguas sobre un astro en que seguramente la gravedad no es sino la sexta parte de la Tierra, sin embargo, una caída formidable, contra la cual convenía tomar toda clase de precauciones.
Estas precauciones podían ser de dos clases: unas debían amortiguar el golpe en el momento en que el proyectil tocase el suelo lunar; y las otras habían de retardar su caída, haciéndola, por consiguiente, menos violenta.