De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Yo sólo pido una cosa —decÃa Miguel—: pasar lo bastante cerca de la Luna para penetrar sus secretos.
—Maldita sea entonces —exclamó Nicholl— la causa que ha hecho desviar nuestro proyectil.
—Maldito sea también —respondió Barbicane, como se le ocurriera de repente— aquel bólido que nos hemos encontrado en el camino.
—¡Eh! —dijo Miguel.
—Quiero decir —respondió Barbicane, con acento de convicción— que nuestra desviación se debe únicamente al encuentro de aquel cuerpo errante.
—Pero si no nos ha tocado —respondió Miguel.
—¿Y qué importa? Su masa, comparada con la de nuestro proyectil, era enorme, y su atracción ha bastado para influir en nuestra dirección.
—¿Tan poca cosa? —exclamó Nicholl.