De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¡Toma! ¡Diré que es más bello todavÃa! —contestó Miguel Ardán. En aquel momento el proyectil dominaba el circo perpendicularmente. El contorno de Copérnico formaba un cÃrculo casi perfecto, y sus picos escarpados se destacaban con la mayor claridad, distinguiéndose un doble recinto angular. Alrededor se extendÃa una llanura gris, de aspecto salvaje, cuyas prominencias sobresalÃan en forma de puntos amarillos. En el fondo del circo, y como encerrados en un estuche, centellearon un momento dos o tres conos eruptivos, como grandes joyas deslumbradoras. Hacia el Norte las rocas presentaban una depresión, que sin duda en otro tiempo más que remoto, daba paso al interior del cráter.
Al pasar por encima de la llanura inmediata pudo notar Barbicane un gran número de montañas poco importantes, y entre otras una forma anular denominada Gay-Lussac, que mide veintitrés kilómetros de ancho. Hacia el Sur, la llanura se mostraba muy plana, sin prominencias ni desigualdades. En cambio, por el Norte, y hasta el sitio en que confinaba con el Océano de las Tempestades, tenÃa el aspecto de una superficie lÃquida agitada por un huracán y cuyas olas se hubieran solidificado súbitamente. Sobre todo el conjunto y en todas direcciones se extendÃan las ráfagas luminosas que partÃan de la cumbre de Copérnico. Algunas presentaban una anchura de treinta kilómetros y una longitud incalculable.