De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Los viajeros discutÃan el origen de aquellos extraños rayos, y cómo los observadores terrestres, no podÃan determinar su naturaleza.
—Pero ¿por qué —decÃa Nicholl— no han de ser esos rayos simplemente los estribos de las montañas, que reflejan con más viveza la luz del Sol?
—No —respondió Barbicane—; porque si asà fuese, en ciertas condiciones de la Luna, esos picos proyectarÃan sombras, y no las proyectan.
En efecto, semejantes rayos no aparecen sino en la época en que el astro del dÃa se halla en oposición con la Luna, y desaparecen en cuanto sus rayos se hacen oblicuos.
—Pero ¿cómo explicarnos esas ráfagas de luz? —preguntó Miguel—. Porque no creo que los sabios dejen nunca de dar explicaciones.
—Sà —respondió Barbicane—, Herschel ha formulado una opinión, pero no me atrevo a afirmarla.
—No importa. ¿Qué opinión es ésa?
—CreÃa que esos rayos debÃan ser corrientes de lava solidificada, que brillaban cuando el Sol las atacaba directamente; esto es posible, pero no seguro. Por lo demás, si pasamos cerca de Tycho, nos encontraremos en posición más conveniente para reconocer la causa de esa irradiación.