De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¡Vaya al diablo el astro radiante! —exclamó Miguel Ardán—; va a obligarnos a consumir gas, cuando podÃa suministrarnos gratis sus rayos.
—No acusemos al Sol —replicó Nicholl—; no tiene él la culpa, sino la Luna, que se pone en medio como una pantalla.
—¡Es el Sol! —insistÃa Miguel.
—¡Es la Luna! —repetÃa Nicholl,
Disputa excusada que Barbicane terminó, exclamando:
—Amigos mÃos, no tienen la culpa el Sol ni la Luna, sino el proyectil, que en vez de seguir vigorosamente su trayectoria ha cometido la torpeza de separarse de ella. Y para hablar con justicia, la culpa es del malhadado bólido que lamentablemente ha desviado nuestra dirección primitiva.
—¡Bien! —respondió Miguel Ardán—. Pues entonces, ya que está arreglado, vamos a almorzar. Después de una noche entera de observaciones conviene reponerse un poco. Esta proposición no encontró oposición alguna.
En pocos minutos preparó Miguel el almuerzo; pero comieron por comer y bebieron sin echar brindis ni proferir exclamaciones. Al verse arrastrados a aquellos espacios, sin su comportamiento habitual de resplandores, sentÃan que una vaga inquietud se apoderaba de sus corazones.