De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Hablaron, sin embargo, de aquel interminable noche de trescientas cincuenta y cuatro horas, o sea cerca de quince dÃas, que las leyes fÃsicas han impuesto a los habitantes de la Luna. Barbicane dio a sus amigos algunas explicaciones de tan curioso fenómeno.
—Curioso, sin duda alguna —dijo—, porque si cada hemisferio de la Luna está privado de luz solar durante quince dÃas, ésta, sobre la que pasamos ahora, no goza siquiera durante su larga noche el espectáculo de la Tierra espléndidamente iluminada. En una palabra, no hay Luna, tomando por tal a nuestro esferoide, sino a un lado del disco. Ahora bien, si sucediese asà en la Tierra; si, por ejemplo, Europa no viera nunca la Luna, y ésta no fuera visible para los antÃpodas, figuraos cuán asombrado se quedarÃa un europeo la primera vez que visitara Australia.
—¡Se harÃa el viaje sólo para ver la Luna! —respondió Miguel.
—Pues bien, esa admiración puede experimentarla el que habite la parte de la Luna opuesta a la Tierra, parte invisible para nosotros, compatriotas del globo terrestre.
—Y que nosotros habrÃamos visto, —añadió Nicholl— si hubiéramos llegado en la época de la luna nueva, es decir, quince dÃas después.