De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Nada más fácil —respondió Miguel Ardán, que nunca se apuraba—. Se abre rápidamente la lumbrera, se lanza el instrumento, que seguirá dócilmente al proyectil, y al cabo de un cuarto de hora se le retira...
—¿Con la mano? —preguntó Barbicane.
—Con la mano —respondió Miguel.
—Pues bien, amigo mÃo; no te expongas a tal cosa —respondió Barbicane—; porque la mano que saques para hacerlo se quedarÃa hecha un muñón helado y deforme por esos frÃos espantosos.
—¿De veras?
—TendrÃas la sensación de una quemadura terrible, como si te acercara un hierro candente; porque, lo mismo que el calor, el frÃo entra en gran cantidad en nuestra carne o sale de ella. Además tampoco estoy seguro de que ahora nos sigan los objetos que hemos arrojado fuera.
—¿Por qué? —preguntó Nicholl.
—Porque si atravesamos una atmósfera, aunque sea muy poco densa, esos objetos se moverán ya con más dificultad y se quedarán atrás. La oscuridad nos impide ver si todavÃa nos siguen; asÃ, pues, para no exponernos a perder el termómetro, le sujetaremos de modo que podamos retirarlo fácilmente cuando nos convenga.
Se siguieron los consejos de Barbicane; se abrió rápidamente la lumbrera y Nicholl arrojó