De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Pues bien, esas estrellas, o mejor dicho, esos cuerpecillos, no brillan sino porque se ponen candentes al rozar las capas atmosféricas; es señal de que pasan a menos de 15 leguas del Globo, a pesar de lo cual rara vez caen. Lo mismo le debe ocurrir a nuestro proyectil; puede acercarse mucho a la Luna y, sin embargo, no caer finalmente en ella.
—Pues entonces —dijo Miguel—, quisiera yo saber qué hará en el espacio nuestro vehÃculo errante.
—Sólo veo dos hipótesis —respondió Barbicane, al cabo de unos instantes de reflexión.
—¿Cuáles?
—El proyectil tiene que elegir entre dos curvas matemáticas y seguirá una u otra, según la velocidad de que esté animado, y que no puedo apreciar en este momento.
—Sà —dijo Nicholl—, seguirá una parábola o una hipérbola.
—En efecto —respondió Barbicane—; con cierta velocidad seguirá la parábola, y con una velocidad mayor la hipérbola.
—Mucho me gustan las palabras retumbantes —respondió Miguel Ardán—; en seguida se sabe lo que quieren decir. ¿Tenéis la bondad de explicarme qué es vuestra parábola?