De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¡Ah! —exclamó Nicholl—, ¡qué buenos son estos rayos calorÃficos! ¡Con cuánta impaciencia deben esperar los selenitas la reaparición del astro del dÃa, después de una noche tan larga!
—Sà —contestó Miguel, aspirando, por decirlo asÃ, aquel éter brillante—; luz y calor constituyen toda la vida.
En el mismo instante, se advirtió la tendencia de la base del proyectil a separarse ligeramente de la superficie lunar, siguiendo una órbita elÃptica bastante alargada. Si desde ese momento hubiera sido visible toda la Tierra, hubiesen podido volver a ver a Barbicane y sus compañeros. Pero sumergida en la irradiación del Sol, permanecÃa absolutamente invisible. Otro espectáculo les llamaba la atención, y era el que presentaba la región austral de la Luna, aproximada por sus anteojos a medio cuarto de legua. No abandonaban todos los detalles del extraño continente.
Los montes Doerfel y Leibniz forman dos grupos separados que se desenvuelven próximamente en el Polo Sur. El primer cuarto se extiende desde el Polo Sur hasta el paralelo ochenta y cuatro en la parte oriental del astro; el segundo, que se presenta hacia el borde oriental, ya del grado setenta y cinco de latitud al polo.