De la Tierra a la Luna

De la Tierra a la Luna

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Algunos yanquis perspicaces deducían entonces la consecuencia de que los eclipses no pueden reproducirse sino en las épocas de conjunción o de oposición, y raciocinaban perfectamente. En conjunción, la Luna puede eclipsar al Sol, al paso que en oposición es la Tierra quien puede eclipsar a la Luna, y si estos eclipses no sobrevienen dos veces al mes, se debe a que el plano en que se mueve la Luna está inclinado sobre la eclíptica, o en otros términos, sobre el plano en que se mueve la Tierra. Respecto a la altura que el astro de la noche puede alcanzar en el horizonte, la carta del observatorio de Cambridge ya había dicho cuanto podía desearse. Todos sabían que la altura varía según la latitud del lugar desde el cual se observa. Pero las únicas zonas del globo en que la Luna pasa por el cenit, es decir, en que se coloca diariamente encima de la cabeza de los que la contemplan, se hallan necesariamente comprendido entre el paralelo 28 y el ecuador. De aquí la importancia suma de la recomendación de hacer el experimento desde un punto cualquiera de esta parte del globo, a fin de que el proyectil pudiera avanzar perpendicularmente y sustraerse más pronto a la acción de la gravedad. Esta condición era esencial para el buen resultado de la empresa, y no dejaba de preocupar vivamente a la opinión pública.



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