De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Pues bien, si morimos —respondió Barbicane, con una especie de fervor religioso—, el resultado de nuestro viaje será mucho mayor de lo que pensábamos. ¡Dios mismo nos dirá su secreto! ¡En la otra vida, el alma no necesita máquinas ni aparatos para saberlo todo! ¡Se identificará con la sabidurÃa eterna!
—En todo caso —replicó Miguel Ardán—, el otro mundo todo entero bien puede consolarnos de la pérdida de este astro Ãntimo que se llama Luna. Barbicane se cruzó de brazos, en ademán de sublime resignación.
—¡Hágase la voluntad de Dios! —dijo, con voz profundamente emocionada.
XX
—¡Eh, teniente! ¿Cómo va ese sondeo?
—Creo, caballero, que la operación toca a su fin —contestó el teniente, Bronsfield—; pero ¿quién iba a figurarse semejante profundidad tan cerca de tierra, a un centenar de leguas únicamente de la costa americana?
